

Hace unos días, como parte de mi trabajo en el espacio "El rincón de la historia" que se emite dentro del programa Quítate la liga de Onda Cero, escribí sobre el poeta Antonio Machado. Su marcha hacia el exilio, su maleta llena de versos abandonada en el camino, sus pasos cansados... y cómo luego, al llegar al pueblo pesquero de Collioure, la tristeza de estar lejos de su patria se alió con la enfermedad para que el poeta triste se dejara morir. No podía evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas mientras escribía. Con 15 años estuve en Colliure, frente a su tumba, recitando algunos poemas suyos en un viaje que hicimos los alumnos de francés de mi clase de 1º de BUP. Corría el año 85 del siglo pasado. Hacía tanto de eso que sentí la necesidad de regresar a visitar esa tumba.
No me gustan los cementerios. He viajado bastante por el ancho mundo pero jamás he pensado visitar ninguna tumba, menos sacarles fotos... mucho menos depositar algo sobre ellas. Pero he de reconocer que para mí Machado es el símbolo de muchas cosas y no lo he podido evitar. Después de 25 años regreso al pueblo pesquero de Collioure. No recuerdo nada. El mar es azul y así luce el día. El lugar de mis ensoñaciones sobre Machado se convierte durante el verano en un hervidero de turistas de vacaciones, las playas abarrotadas de gente, las calles intransitables... cuesta imaginarse allí al poeta nostálgico y triste.
Llegamos y parece imposible encontrar un sitio en el que aparcar. Finalmente un hueco en un solar habilitado como zona azul. Al bajar del coche, cosas del destino, los tejados de los panteones con sus cruces en lo alto nos dan la bienvenida. Apenas girar la esquina, en la rue du jardin Navarro, el cementerio. Nada más traspasar la verja de hierro, la tumba del poeta. Es sencilla, demasiado. Sobre ella todo tipo de objetos para rendirle homenaje. El goteo de españoles que la visitan es constante. Nosotros sólo somos algunos más. Nuestro presente para el poeta muerto es un ejemplar de "El susurro de los árboles", un libro que habla de represión y dictaduras, de tristezas y esperanzas.
Ahora me doy cuenta de que es verdad que decidí guardarme los ejemplares que tenía de mi novela "para una ocasión mejor" como dijo alguien hace un tiempo con bastante resentimiento y mala leche. Vender libros está muy bien pero regalarlos es un placer y ofrecerlos como humilde homenaje a un gran poeta es algo que no todo el mundo sabe, quiere o puede hacer. Cada uno les da el sentido que quiere a sus cosas.